Por Enrique
Santos
Discépolo:
Diálogos con Mordisquito, el personaje gorila creado por el genial Discepolín
¿Cómo vas a enredarme
en ese pesimismo
que te hace decir sin fundamento
alguno: «Las
cosas van cada vez peor»,
si el panorama de la realidad
me testimonia todo
lo contrario?
Querés discutir. Y, bueno,
Mordisquito, discutamos.
Pero no con ese
coraje que tenés para el
macaneo libre, sino con
un atisbo de razón. ¿Entendés, Mordisquito? Vos
insistís en negar todo lo
que significa conquista,
progreso, realidad social.
Pero no con argumentos
que caen por su propio
peso, como las cornisas,
sino con la misma deliciosa
ingenuidad del
que quiere tirar abajo un
ombú con una hojita de
afeitar. No alcanza. No la
podés contar tan fácil. Los
hechos son demasiado grandotes, las realidades
demasiado sólidas para
que puedas socavarlas
con frasecitas. Frasecitas
hechas tan sólo con palabras.
Espuma que parece
abultar mucho pero
que se deshace soplando.
Te oigo decir, por ejemplo: «¡Eh, ya no se puede
comprar nada. Todo aumenta.
Todo sube! ¡No sé
adónde iremos a parar!»
Y tu frase tiene la apariencia de una sentencia.
De un destino negro, negro
como un café negro,
como un túnel sin salida
y con un negro adentro.
Pero hacéme un favor, ¿querés? Agarrá un lápiz
y un papel. Te quiero
hablar con cifras para no
hacerla larga. Tenés razón.
Sí, el costo de la vida
aumentó un 113% con relación
a 1946. Pero, ¿sabés
en cuánto aumentaron los
salarios obreros? En
un 172,8%. Y bueno, hacé
la cuenta. Bajá el uno y
lleváte el cero alguna
vez. ¿Sabés en cuánto
aumentó el poder adquisitivo
de los salarios desde
1946? En más del 29%;
aquí adelante mío tengo
el dato. Yo ya sé que nadie
compra trampas para
osos, pero es porque no
se necesitan, no porque
aumentaron. ¿Cómo me
vas a contar que «ya no
se puede comprar nada»
si el índice de ventas minoristas
era de 200 con
respecto a 1943 y el año
pasado llegó a 830? Comprendo
que los números
son aburridos, pero no
me vas a negar su elocuencia.
Yo no me quiero
hacer el erudito, ni me
voy a enojar si no consigo
convencerte de tu error.
Pero dejáme, al menos,
este derecho de justificar
mi alegría, Mordisquito.
Una alegría que crece comprobando los hechos,
certificando un equilibrio
de cosas, confirmando
una fe que tiene raíces
en los hechos. ¿Cómo vas
a enredarme en ese pesimismo
que te hace decir
sin fundamento alguno: «Las cosas van cada vez
peor», si el panorama de
la realidad me testimonia
todo lo contrario?
Siempre tuvimos que
presenciar el espectáculo
injusto de una minoría
que progresaba a expensas
del estancamiento
o el hundimiento de los
demás. Hoy la fiesta es
de todos. Es el renacer
de un país entero que ve
crecer a un tiempo trigo
y chimeneas, cosechas y
fábricas. Mientras vos te
empeñás en vender trampas
para osos nuestro
comercio internacional
arrojó el año pasado un
saldo positivo superior a 700 millones de pesos.
Mientras vos te quejás,
Mordisquito, la iniciativa
privada, con la ayuda
financiera del Gobierno,
creó 30.000 empresas
nuevas. En sólo un año
—mientras otros le dan manija a la lengua— se
han solicitado casi 19.000
marcas de fábrica. Nuestro
incremento industrial
con respecto a 1937 es del
73%. El más alto registrado
en el mundo. ¿Y entonces?
Dejá las trampas
para osos y entrá en la
fiesta, Mordisquito. No
sigás más a contramano. ¡Ah!, ¿no querés? ¡Y bueno,
quejáte si te gusta,
pero a mí, no… , a mí no
me la vas a contar!
Enrique Santos Discépolo Deluchi,
conocido como Discepolín (27 de
marzo de 1901 - 23 de diciembre de
1951), fue compositor, músico,
cineasta y destacadísimo artista
popular.


